lunes 14 de noviembre de 2011
sábado 25 de junio de 2011
¿QUIERES ENCONTRAR LA VERDADERA FELICIDAD?
¿Quieres encontrar la verdadera felicidad?
|
- Es una realidad que todos deseamos vivir felices
Muchos artistas intentaron captar en una pintura la felicidad perfecta
Había una vez un Rey que ofreció un gran premio a aquel artista que pudiera captar en una pintura la felicidad perfecta. Muchos artistas intentaron y realizaron pinturas. El Rey eligió las dos que más le gustaron y tuvo que escoger entre ellas.
La primera era una escena en la que había un bello y colorido jardín lleno de flores, bajo un cielo azul en el que paseaban personas sonrientes y en paz.
La segunda mostraba un mundo de violencia, con rostros angustiados, con una tormenta llena de rayos, en un ambiente gris y lúgubre. Cuando el Rey miró detenidamente, se percató de que en medio de todo aquel panorama sombrío había un viejecito sentado en una banca, con un rostro sonriente que reflejaba una gran felicidad interna. El Rey escogió la segunda pintura, y explicó el porqué había elegido esa pintura diciendo: “La verdadera felicidad no nos viene de afuera, sino de nuestro interior”.
Es una realidad que todos deseamos vivir felices. No hay nadie en el género humano que no esté conforme con ese pensamiento. Ahora bien, según nuestro criterio, no puede llamarse feliz el que no tiene lo que ama, sea lo que fuere; ni el que tiene lo que ama, si lo perjudica; ni el que no ama lo que tiene, aun cuando sea lo mejor. Porque el que desea lo que no puede conseguir, vive en un tormento. El que consigue lo que no es deseable, se engaña. Y el que no desea lo que debe desearse, está enfermo. Cualquiera de estos tres supuestos hace que nos sintamos desgraciados, y la desgracia y la felicidad no pueden coexistir en un mismo hombre. Por lo tanto, ninguno de estos seres es feliz. Por ello, estamos convencidos de que el ser humano es feliz cuando posee y ama lo que es mejor para él. No hay nadie que sea feliz si no disfruta aquello que es lo mejor, y todo el que lo disfruta es feliz; por lo tanto, si queremos vivir felices, debemos poseer mejor para nosotros.
Por lo tanto el ser humano debe buscar lo mejor para él. Esto, desde luego, tendrá que ser algo que sea mejor que él, porque lo que sea peor que él, lo envilecería. Si el ser humano encuentra algo más excelente que pueda ser objeto de su amor, no habrá duda de que debe esforzarse en conseguirlo para ser feliz.
Entonces, si la felicidad consiste en conseguir aquel bien que no tiene ni puede tener superior, o sea el bien óptimo, ¿cómo podremos decir que lo es la persona que no ha alcanzado su bien supremo? ¿Y cómo puede haber alcanzado el bien supremo, si hay algo mejor a lo que pueda llegar?
Este bien debe ser de tal condición que no se pueda perder contra nuestra voluntad, porque nadie puede confiar en un bien si teme que se lo quiten aun queriendo conservarlo. “El que no está seguro en el bien de que goza, no puede ser feliz mientras vive con ese temor”, decía San Agustín. Debemos, pues, buscar qué es lo mejor para el hombre. Ahora bien, el hombre es un compuesto de alma y cuerpo y, desde luego, la perfección del hombre no puede residir en el cuerpo, dado que el alma es muy superior a todos los elementos del cuerpo. Luego, el sumo bien del mismo cuerpo no puede ser ni su placer, ni su belleza, ni su agilidad. Todo ello depende del alma, hasta su misma vida. Por tanto, si encontrásemos algo superior al alma y que la perfeccionara, eso sería el bien hasta del mismo cuerpo.
Por lo tanto, la felicidad es Dios; “Sólo Dios hace al hombre feliz”, como bien lo dice la Sagrada Escritura. El seguirlo está bien; el conseguirlo, no sólo bien, sino que es vivir feliz.
Bien claro nos lo dice también la misma Escritura: “Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, con toda tu alma” (Mt. 22, 23). Así mismo: “Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman. Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?... ¿La tribulación? ¿La angustia? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez?” (Rm 8 28-35). En Dios tenemos el compendio de todos los bienes. Dios es nuestro sumo bien.
Jesús nos advierte --así nos lo recuerda el Evangelio de este domingo-- la importancia que tiene el optar por él, amándolo sobre todos y sobre todo, y, por tanto, haciendo sólo la voluntad del Padre, es decir cumpliendo el plan que Él tiene para cada uno de nosotros, y de esa manera se cumplirá su promesa de que su Padre y Él harán su morada en nuestro corazón, y por tanto poseeremos ese sumo bien.
Hermano(a): ¿Quieres encontrar la verdadera felicidad? ¡Deja de buscarla y perseguirla en ti mismo, con tus propios medios, con tu propio esfuerzo, en doctrinas y filosofías extrañas! Confía en el Señor . Él es el único que te la puede dar.
Francisco Javier Cruz Luna
viernes 24 de junio de 2011
EL SACRAMENTO DE UNA SONRISA JOSE LUIS MARTIN DESCALZO
El sacramento de la sonrisa
Si yo tuviera que pedirle a Dios un don, un solo don, un regalo
celeste, le pediría, creo que sin dudarlo, que me concediera el supremo
arte de la sonrisa. Es lo que más envidio en algunas personas.
Es, me parece, la cima de las expresiones humanas.
Hay, ya lo sé, sonrisas mentirosas, irónicas, despectivas y hasta
ésas que en el teatro romántico llamaban «risas sardónicas». Son
ésas de las que Shakespeare decía en una de sus comedias que «se
puede matar con una sonrisa». Pero no es de ellas de las que estoy
hablando. Es triste que hasta la sonrisa pueda pudrirse. Pero no vale
la pena detenerse a hablar de la podredumbre.
Hablo más bien de las que surgen de un alma iluminada, ésas
que son como la crestería de un relámpago en la noche, como lo que
sentimos al ver correr a un corzo, como lo que produce en los oídos
el correr del agua de una fuente en un bosque solitario, ésas que
milagrosamente vemos surgir en el rostro de un niño de ocho meses
y que algunos humanos —¡poquísimos!— consiguen conservar a lo
largo de toda su vida.
Me parece que esa sonrisa es una de las pocas cosas que Adán
y Eva lograron sacar del paraíso cuando les expulsaron y por eso
cuando vemos un rostro que sabe sonreír tenemos la impresión de
haber retornado por unos segundos al paraíso. Lo dice estupendamente
Rosales cuando escribe que «es cierto que te puedes perder
en alguna sonrisa como dentro de un bosque y es cierto que, tal vez,
puedas vivir años y años sin regresar de una sonrisa». Debe de ser,
por ello, muy fácil enamorarse de gentes o personas que posean una
buena sonrisa. Y ¡qué afortunados quienes tienen un ser amado en
cuyo rostro aparece con frecuencia ese fulgor maravilloso!
9
Pero la gran pregunta es, me parece, cómo se consigue una sonrisa.
¿Es un puro don del cielo? ¿O se construye como una casa?
Yo supongo que una mezcla de las dos cosas, pero con un predominio
de la segunda. Una persona hermosa, un rostro limpio y puro
tiene ya andado un buen camino para lograr una sonrisa fulgidora.
Pero todos conocemos viejitos y viejitas con sonrisas fuera de serie.
Tal vez las sonrisas mejores que yo haya conocido jamás las encontré
precisamente en rostros de monjas ancianas: la madre Teresa de
Calcuta y otras muchas menos conocidas.
Por eso yo diría que una buena sonrisa es más un arte que una
herencia. Que es algo que hay que construir, pacientemente, laboriosamente.
¿Con qué? Con equilibrio interior, con paz en el alma, con un
amor sin fronteras. La gente que ama mucho sonríe fácilmente. Porque
la sonrisa es, ante todo, una gran fidelidad interior a sí mismos.
Un amargado jamás sabrá sonreír. Menos un orgulloso.
Un arte que hay que practicar terca y constantemente. No haciendo
muecas ante un espejo, porque el fruto de ese tipo de ensayos
es la máscara y no la sonrisa. Aprender en la vida, dejando que la
alegría interior vaya iluminando todo cuanto a diario nos ocurre e
imponiendo a cada una de nuestras palabras la obligación de no
llegar a la boca sin haberse chapuzado antes en la sonrisa, lo mismo
que obligamos a los niños a ducharse antes de salir de casa por la
mañana.
Esto lo aprendí yo de un viejo profesor mío de oratoria. Un día
nos dio la mejor de sus lecciones: fue cuando explicó que si teníamos
que decir en un sermón o una conferencia algo desagradable
para los oyentes, que no dejáramos de hacerlo, pero que nos obligáramos
a nosotros mismos a decir todo lo desagradable sonriendo.
Aquel día aprendí yo algo que me ha sido infinitamente útil:
todo puede decirse. No hay verdades prohibidas. Lo que debe estar
prohibido es decir la verdad con amargura, con afanes de herir.
Cuando una sola de nuestras frases molesta a los oyentes (o lectores)
no es porque ellos sean egoístas y no les guste oír la verdad, sino
porque nosotros no hemos sabido decirla, porque no hemos tenido
el amor suficiente a nuestro público como para pensar siete veces
en la manera en la que les diríamos esa agria verdad, tal y como
pensamos la manera de decir a un amigo que ha muerto su madre.
La receta de poner a todos nuestros cócteles de palabras unas gotitas
de humor sonriente suele ser infalible.
Y es que en toda sonrisa hay algo de transparencia de Dios, de
la gran paz. Por eso me he atrevido a titular este comentario ha-<
blando de la sonrisa como de un sacramento. Porque es el signo
visible de que nuestra alma está abierta de par en par.
RAZONES PARA SER FELIZ JOSE LUIS DESCALZO
Aprender a ser felices
Me parece que la primera cosa que tendríamos que enseñar a
todo hombre que llega a la adolescencia es que los humanos no nacemos
felices ni infelices, sino que aprendemos a ser una cosa u otra
y que, en una gran parte, depende de nuestra elección el que nos
llegue la felicidad o la desgracia. Que no es cierto, como muchos
piensan, que la dicha pueda encontrarse como se encuentra por la
calle una moneda o que pueda tocar como una lotería, sino que es
algo que se construye, ladrillo a ladrillo, como una casa.
Habría también que enseñarles que la felicidad nunca es completa
en este mundo, pero que, aun así, hay raciones más que suficientes
de alegría para llenar una vida de jugo y de entusiasmo y
que una de las claves está precisamente en no renunciar o ignorar los
trozos de felicidad que poseemos por pasarse la vida soñando o esperando
la felicidad entera.
Sería también necesario decirles que no hay «recetas» para la
felicidad, porque, en primer lugar, no hay una sola, sino muchas
felicidades y que cada hombre debe construir la suya, que puede ser
muy diferente de la de sus vecinos. Y porque, en segundo lugar,
una de las claves para ser felices está en descubrir «qué» clase de
felicidad es la mía propia.
Añadir después que, aunque no haya recetas infalibles, sí hay
una serie de caminos por los que, con certeza, se puede caminar hacia
ella. A mí se me ocurren, así de repente, unos cuantos:
— Valorar y reforzar las fuerzas positivas de nuestra alma. Descubrir
y disfrutar de todo lo bueno que tenemos. No tener que esperar
a encontrarnos con un ciego para enterarnos de lo hermosos e
importantes que son nuestros ojos. No necesitar conocer a un sordo
14
para descubrir la maravilla de oír. Sacar jugo al gozo de que nuestras
manos se muevan sin que sea preciso para este descubrimiento
ver las manos muertas de un paralítico.
— Asumir después serenamente las partes negativas o deficitarias
de nuestra existencia. No encerrarnos masoquistamente en nuestros
dolores. No magnificar las pequeñas cosas que nos faltan. No
sufrir por temores o sueños de posibles desgracias que probablemente
nunca nos llegarán.
— Vivir abiertos hacia el prójimo. Pensar que es preferible que
nos engañen cuatro o cinco veces en la vida que pasarnos la vida
desconfiando de los demás. Tratar de comprenderles y de aceptarles
I al y como son, distintos a nosotros. Pero buscar también en todos
más lo que nos une que lo que nos separa, más aquello en lo que
coincidimos que en lo que discrepamos. Ceder siempre que no se
trate de valores esenciales. No confundir los valores esenciales con
nuestro egoísmo.
— Tener un gran ideal, algo que centre nuestra existencia y hacia
lo que dirigir lo mejor de nuestras energías. Caminar hacia él
incesantemente, aunque sea con algunos retrocesos. Aceptar la lenta
maduración de todas las cosas, comenzando por nuestra propia alma.
Aspirar siempre a más, pero no a demasiado más. Dar cada día un
paso. No confiar en los golpes de la fortuna.
— Creer descaradamente en el bien. Tener confianza en que a
la larga —y a veces muy a la larga— terminará siempre por imponerse.
No angustiarse si otros avanzan aparentemente más deprisa
por caminos torcidos. Creer en la también lenta eficacia del amor.
Saber esperar.
— En el amor, preocuparse más por amar que por ser amados.
Tener el alma siempre joven y, por tanto, siempre abierta a nuevas
experiencias. Estar siempre dispuestos a revisar nuestras propias
ideas, pero no cambiar fácilmente de ellas. Decidir no morirse mientras
estemos vivos.
— Elegir, si se puede, un trabajo que nos guste. Y si esto es
imposible, tratar de amar el trabajo que tenemos, encontrando en él
sus aspectos positivos.
— Revisar constantemente nuestras escalas de valores. Cuidar
de que el dinero no se apodere de nuestro corazón, pues es un ídolo
difícil de arrancar de él cuando nos ha hecho sus esclavos. Descubrir
que la amistad, la belleza de la naturaleza, los placeres artísticos y
muchos otros valores son infinitamente más rentables que lo crematístico.
— Descubrir que Dios es alegre, que una religiosidad que atenaza
o estrecha el alma no puede ser la verdadera, porque Dios o es
el Dios de la vida o es un ídolo.
15
— Procurar sonreír con ganas o sin ellas. Estar seguros de que
el hombre es capaz de superar muchos dolores, mucho más de lo
que el mismo hombre sospecha.
La lista podría ser más larga. Pero creo que, tal vez, esas pocas
lecciones podrían servir para iniciar el estudio de la asignatura más
importante de nuestra carrera de hombres: la construcción de la
felicidad.
16